16 de diciembre de 2006

Camino verde


Kike Perdomo tiene una excelente versión al saxo del tema "Camino verde", de la que extraje sus primeros compases para ponerla como tono de llamada en mi teléfono móvil. Esta suave melodía. me reconcilia con él y me predispone a aceptar las llamadas.

Cuando sonó, no tuve la menor duda sobre el contenido de la llamada. En unos instantes, había llamado a toda la familia y salía hacia el hospital con una idea fija que ronda en mi cabeza. En esta ocasión, la decisión de saltarse el largo semáforo del Parque Norte, era clara.

Al llegar, estaban casi todos en el interminable y desolado pasillo de la sala de observación. Caras de alarma, dolor, incredulidad... Le ha dado un infarto y su estado es muy grave. Entro a verlo, no sé con quién. Tumbado en la cama -ahora sí-, aunque algo incorporado, observo su rostro contraído, intentando atrapar el último aliento de una vida que se le escapa. Me dirijo a uno de los médicos: -"¿no se puede hacer nada?" De la respuesta que me informa del infarto masivo y del edema pulmonar -"se le han encharcado los pulmones"- sólo me hace reaccionar la consideración de mi padre: -"...no podemos hacer nada más; se trata de un paciente con una vida de cama-sillón..." ¡¿Cómo dice?! Estoy indignado y mi reacción ha puesto en guardia al médico. -"¡...ya quisiera yo llevar la vida de mi padre con 80 años!". El caso es que no me sorprende esta percepción después de las preguntas y respuestas que oí por la tarde, pero el hecho de que no ande lo suficiente no impide que lleve una espléndida vida manual, intelectual y emocional. -"¿sabe usted la vida que hace mi padre diariamente?" El médico parece entender perfectamente mis quejas y me dice que "pedirá una nueva valoración a la UVI".

Me quedo esperando en la zona de control la llegada del nuevo médico. Me avisan que está en una salita de información y cuando acudo, encuentro a toda la familia rodeando a la cardióloga de la UVI. Comienza pidiendo excusas por el -"ya hablaremos" de la tarde que nunca se materializó. Vuelve a insistir en que dada la situación y el tipo de vida que lleva mi padre, no queda mucho por hacer. -"claro, ¡como no es tu padre", se oye la voz de una de mis hermanas. La tensión es latente. Se siente un poco acorralada. Me hubiese gustado tener esa conversación en otro entorno, pero es la profesional y no debía verse influida hasta el punto de no saber qué se le preguntaba. -"¿que problemas hay para intubarlo?" Pregunta, tal vez, mal formulada, entendible en mi situación... pero respuesta -vuelvo a insistir- no acorde con lo que se espera de una profesional. -"ninguno, lo que ustedes quieran". -"¡Pues adelante!"

Aún me cuesta trabajo asimilar el error, o lo que pudo ser un error...no lo sé. En condiciones normales yo no hubiese hecho semejante pregunta. De hecho ¡nunca hice esa pregunta! En condiciones normales, la doctora habría tenido que entender que preguntaba por los problemas que podía ocasionar no por las trabas para ponerlo en práctica. Al salir de la habitación, estoy confuso, pero atiendo lo que me dice Eugenia: -"si fuera mi padre, no lo intubaría". De pronto soy consciente de todo el error, de la confusión, de las consecuencias...

Miro alrededor, hay confusión, opiniones diversas que explicitan -"cualquier cosa", y otras que se ahogan en la garganta antes de adquirir el sonido de la palabra. La indico a Rafa que hable con mi madre, sigo interrogando miradas que en silencio piden una decisión. Miro a Rafa, me niega con la cabeza. La decisión está tomada, pero no encuentro a la doctora por ningún lado. No han pasado más de tres minutos desde que hablamos con ella y el hospital se la ha tragado.

Irrumpo en la sala de observación y me dirijo hacia la cama de mi padre que está rodeada de cuatro o cinco personas dispuestas a ejecutar de inmediato los "deseos" de la familia. No me dejan seguir, pero alzo la mano implorando que hagan una pausa. Esta se produce y el médico responsable se acerca a mí. Le manifiesto-esta vez sí- cuáles son las causas de mi dilema y me explica con claridad cuáles pueden ser los efectos de la intubación. Le digo que no lo haga, que interrumpa la operación, y así lo hace.


Fuera, me enfrento a quienes no comprenden la situación. Especialmente, a Lola, le resulta inexplicable, le parece un abandono de la lucha y no hay explicación que le haga desistir del intento de cualquier posibilidad. Trato de mantener mi convicción en que hemos hecho lo correcto y aunque no es fácil, las dudas no aparecerían hasta más tarde.

-"Quien me va a levantar cuando me caiga" Es una pregunta hecha desde la calma, desde la contemplación de la más absoluta soledad, de una mujer que ha vivido junto a él desde hace 60 años. -"Está sólo..."
Vuelvo a entrar en la sala de observación y busco al mismo médico de antes. Le ruego que deje pasar a mi madre. -"No molestará. Permítale, simplemente, estar a su lado hasta el final". Comprende la situación... que, como una losa, se ajusta al diagnóstico anterior. -"Naturalmente, yo también tengo madre".

Después de entrar mi madre nos quedamos todos en el pasillo. Las lágrimas se multiplican. La desesperación, la rabia, el desconsuelo. Pasado un tiempo prudencial nos piden abandonar el pasillo y dirigirnos a la sala de espera de familiares.